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El chicon: la verdura belga que nace dos veces

2 sept
4 min de lectura

Lo creemos tan familiar que casi olvidamos mirarlo. Sin embargo, el chicon es un pequeño enigma agrícola: no crece como las demás verduras. Primero debe vivir al aire libre, después ser arrancado y volver a crecer en la oscuridad. Sin ese segundo comienzo no habría hojas blancas y bien apretadas, ni ese delicado crujir, ni el chicon tal como lo conocemos.


Esa doble vida lo convierte en uno de los productos más singulares de la cocina belga. Su historia empieza en Bruselas, continúa en las bodegas de los horticultores y hoy llega tanto a un sencillo gratinado familiar como a los platos de grandes chefs.


Chicons belgas cultivados tradicionalmente en la oscuridad sobre una cama de tierra

La verdura que vive dos vidas


Todo empieza con una achicoria. En primavera se siembran sus semillas directamente en tierra. Durante varios meses, la planta desarrolla largas hojas verdes, pero al horticultor le interesa sobre todo lo que ocurre bajo el suelo: una raíz gruesa va acumulando reservas.


En otoño se arranca esa raíz. Se cortan las hojas y después se colocan las raíces en vertical, muy juntas, en una cama de tierra o en una instalación de forzado. Se les aporta humedad y una temperatura favorable, manteniéndolas en completa oscuridad.


La raíz utiliza entonces las reservas acumuladas durante su primera vida para producir un nuevo brote. Privado de luz, apenas fabrica clorofila: permanece de color marfil, con solo una punta amarillo pálido. Las hojas se aprietan y forman esa pequeña ojiva compacta que los belgas llaman chicon.


Una invención bruselense del siglo XIX


La achicoria se conoce desde hace siglos, tanto por sus hojas como por su raíz. El chicon compacto, en cambio, es mucho más reciente. Apareció en el noreste de Bruselas a mediados del siglo XIX.


Circulan varias versiones, pero la explicación considerada hoy más plausible atribuye su desarrollo, hacia 1840, a François o Franciscus Bréziers, jardinero jefe del Jardín Botánico situado cerca de la puerta de Schaerbeek, en Saint-Josse-ten-Noode. Al seleccionar las mejores plantas y perfeccionar su cultivo en la oscuridad, habría contribuido a obtener progresivamente una verdura blanca, cerrada y regular.


La palabra flamenca «witloof» cuenta por sí sola el producto: significa literalmente «hoja blanca». En la Bélgica francófona se suele hablar de chicon. En Francia, la misma verdura se llama generalmente endive, mientras que la expresión inglesa «Belgian endive» recuerda claramente su país de origen.


La anécdota: un tesoro escondido durante la Revolución belga


La leyenda cuenta que un agricultor habría escondido raíces de achicoria en una bodega durante los disturbios de 1830. Al regresar, habría descubierto brotes blancos y tiernos. La historia no está probada, pero resume perfectamente el secreto del chicon: una raíz, algo de humedad, calor y, sobre todo, nada de luz.

Por tanto, hay que contarla como una leyenda y no como una certeza histórica. No deja de ser fascinante, porque muestra que una técnica agrícola puede nacer de una observación muy sencilla: una planta privada de luz ya no se comporta igual.


Un secreto conservado durante mucho tiempo alrededor de Bruselas


El chicon no se extendió de inmediato por toda Europa. Durante varias décadas, su cultivo siguió muy concentrado alrededor de Schaerbeek y Evere. Los archivos dedicados a este patrimonio indican que, antes de los años 1870, los productores todavía se encontraban principalmente en estos municipios.


La verdura conquistó rápidamente a la burguesía bruselense y después aumentó la demanda. Con la urbanización, los horticultores tuvieron que alejarse de la capital y la producción fue extendiéndose por Brabante. Ese desplazamiento explica por qué el chicon está profundamente asociado a Bruselas, aunque hoy su cultivo profesional se realiza sobre todo fuera de la ciudad.


Por qué la oscuridad lo cambia todo


La falta de luz no sirve únicamente para mantener blancas las hojas. Influye en toda la personalidad del producto. El chicon forzado desarrolla una textura tierna pero crujiente, un alto contenido de agua y un amargor claro, aunque mucho más matizado de lo que se imagina.


Ese amargor es precisamente lo que interesa a los cocineros. Crudo, anima una ensalada y combina muy bien con la manzana, la nuez o un queso con carácter. Durante la cocción, el chicon se ablanda, concentra sus jugos y adquiere un dulzor casi caramelizado. Un toque de acidez, un jugo de carne o una salsa cremosa permiten entonces jugar con los contrastes en vez de intentar borrar su sabor.


Del producto popular al ingrediente de chef


El chicon gratinado, envuelto en jamón y cubierto de salsa antes de pasar al horno, sigue siendo su papel más célebre en la cocina belga. Pero la verdura sabe hacer mucho más. Se puede brasear entera, asar, saltear con mantequilla, servir cruda en hojas, convertir en crema o trabajar con productos del mar.


Incluso las hojas pequeñas pueden convertirse en soportes naturales para un bocado de aperitivo. Su forma cóncava sostiene un relleno, mientras su frescor y ligero amargor evitan que el conjunto resulte pesado. Es un detalle muy sencillo, pero típico de los productos que encuentran su lugar tanto en casa como en el restaurante.


Una sola raíz para una sola cabeza hermosa


He aquí otra particularidad poco conocida: al cosechar el chicon, se separa la cabeza de su gruesa raíz. Esta pierde entonces su principal punto de crecimiento y no producirá una segunda cabeza comparable. Todavía puede aprovecharse, en particular para alimentación animal o compost, pero todo el trabajo del horticultor ha servido para producir ese único chicon.


Esto cambia la manera de mirar esta verdura vendida por unidades o al peso. Detrás de cada pequeña cabeza blanca hay varios meses de cultivo al aire libre, un arranque, una preparación minuciosa de las raíces y un segundo crecimiento totalmente controlado a oscuras.


El producto del domingo que merece redescubrirse


El chicon es a veces víctima de lo familiar que resulta. Creemos conocerlo porque acompaña los inviernos belgas desde hace generaciones. Sin embargo, pocas verduras tienen una historia tan joven, un origen tan local y un método de producción tan sorprendente.


La próxima vez que corte uno, mire sus hojas blancas y bien apretadas. No son simplemente la forma natural de una lechuga: son el resultado de un segundo nacimiento organizado en la oscuridad. Y quizá ahí se encuentre la verdadera magia del chicon belga.


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